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Una noche de verano en la ciudad con Vincent Van Gogh

Una noche de verano en la ciudad con Vincent Van Gogh

El cielo estrellado, los tejados, las calles y el lejano paseo de una noche en el centro de la ciudad. Una mesa, dos, cuatro, diez, de una terraza que se pierde en el horizonte, con clientes, sí, pero lejos, tan lejos como el murmullo de sus voces. Parado, de pie, detrás de la mancha blanca de su delantal, con la cabeza gacha en las comandas, el camarero, que también esta noche parece mostrar a los clientes su habitual falso interés. 

Están todos protegidos por un enorme toldo sujeto por el relato de noches interminables de copas. Es lo más amarillo que hay, y un poco verde, como la pared, y su reflejo llega hasta los adoquines de la calle, sobre el que, apenas más allá se asoma otro local, cerca del follaje de los árboles, y la sucesión de ventanas iluminadas que se pierden en la oscuridad.

Aquí, donde se destaca la marca negra sobre los adoquines y una puerta ventana protegida por sólidos contornos de estilo clásico desaparece más allá del marco, Van Gogh describe con los colores de una paleta excéntrica la noche de su amada Arles

El Café Le soir le gusta, es famoso por aquí y él va a menudo cuando pasea. Muchas veces se ha dicho que lo habría pintado, para contar con los ojos de la pintura lo que sucede allí, y por eso lo encontramos aquí trazando los primeros bosquejos. En general, los pintores delinean sus cuadros por la mañana, cuando la luz del sol que se asoma resalta perfectamente todas las formas de este mundo. En cambio, Van Gogh ha preferido la noche, cuando el sol ya no está y las formas se confunden con sus sombras, en un conjunto pastel que crea atmósfera. En estos momentos la oscuridad despierta los sentidos: olores, ruidos, percepciones táctiles, sentimientos. 

Sueño de una noche de verano, fantasía nocturna, rêverie que deforma la visión de manera agradable, es lo que parece haber encontrado Van Gogh en la posición de segundo plano desde donde bosqueja su lienzo. La terraza del café se extiende excesivamente, de modo surrealista, casi perforando el lienzo, y es amarilla, muy amarilla, rojiza y también verde, como el ajenjo, mientras que en el fondo las formas, las sombras y la oscuridad se disponen bajo un cielo repleto de estrellas irregulares.

El hecho es que a Van Gogh no le importa mucho documentar el color real, le interesa más resaltar el contraste entre el sentido de calidez del local y la frialdad - mitigada por el árbol y la calle - de la ciudad profunda que desaparece debajo del cielo. ¿Por qué? Quizás solo así logra transmitir la vibración de placer y misteriosa calma que experimenta a esta hora. 

Por tanto, no existe ningún esfuerzo realista, sino en la medida en que con el color y la forma Van Gogh logra contar la verdad de un mundo vivido, un mundo que es siempre un poco interior. Como muchos de sus colegas, también él viaja y participa en la vida mundana, claro, pero se retira poco después y expresa su punto de vista singular y muy personal, en equilibrio entre sueño y realidad.  

Vincent Van Gogh, Terraza de café por la noche, Place du Forum, Arles, 1888, óleo sobre lienzo 81×65,5 cm, Museo Kröller-Müller, Otterlo. 

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