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UN DOMINGO POR LA TARDE EN LA GRANDE JATTE JUNTO CON GEORGE SEURAT

UN DOMINGO POR LA TARDE EN LA GRANDE JATTE JUNTO CON GEORGE SEURAT

Forman un pareja perfecta, poco importa lo que digan de ellos. Él, bigotudo y distinguido, sombrero de copa y un puro siempre en la mano. Ella, arreglada y elegante, apariencia impecable y mirada fascinante. Han ido al parque porque el domingo todos van. Y porque, de vez en cuando, es necesario sacar a pasear a la pequeña monita.

A unos metros de distancia, un señor, semitumbado, mira en la misma dirección, hacia aquel horizonte que hace pensar también a él, entre una calada de pipa y otra. Cerca, su perro, negro como la noche… bueno, quizás no es el suyo, quizás es el perro de la señora de al lado, que intenta bordar en compañía del marido sentado un poco más allá, bastante más allá, por distracción o irritación.

Dos chicas se han acomodado detrás de ellos, en la sombra del mismo árbol grande: una no lleva sombrero y ha apoyado el paraguas en el suelo, quizás para dedicarse a la composición de su bouquet; la otra, en cambio, tiene el paraguas abierto, curiosamente, ya que allí no llega el sol. Es probable que su atención haya sido captada por la niña de vestido blanco, que sujeta su mano firmemente a la de su madre, mientras mira hacia nosotros. Nosotros que, junto con el autor, estamos fuera del cuadro, espectadores del ocio de la tarde que el domingo consume en la Île de la Jatte, en el corazón de París.

Cada uno está allí por sus propios motivos, motivos personales de vida, pero todos comparten un mismo horizonte cultural, el de la capital francesa de finales del siglo XIX, compuesto de industria y burguesía. A la Grande Jatte se va cuando las actividades semanales normales están suspendidas en nombre del descanso, y se siente la necesidad de disfrutar un poco de espacio exterior. En el parque se hace un poco de todo, se pasea, se habla, se pesca… pero siempre bajo la protección del sol, con sombreros y paraguas, “para no broncearse como los villanos”.

George Seurat, autor de la obra, fue a la Grande Jatte para pensar a través de las herramientas de la pintura. Fue todas las veces necesarias para realizar los bocetos de su cuadro, bocetos impresionistas que habría desarrollado en su taller. Como otros artistas, le interesa la vida mundana de una ciudad que a finales del siglo XIX, es el centro neurálgico del mundo.

Sin embargo, lo que más captura la atención de Seurat, la verdadera razón de este cuadro, es algo más imperceptible: la luz y su funcionamiento. Por lo tanto, se dirige a la Grande Jatte para experimentar una nueva forma de pintar, más tarde definido como “puntillismo”. Su técnica permite realizar pequeños puntos sobre la tela con colores intensos en contraste con tonalidades complementarias, siguiendo los mismos principios que actualmente dan vida, en forma de pixel, a las imágenes de la TV, ordenadores y smartphones. ¿El motivo? Una luminosidad nunca vista en la pintura, que Seurat equilibra con destreza creando una composición armónica y geométrica. El resultado es una representación paradójica que muestra la Grande Jatte como un lugar mítico, lleno de figuras inmóviles, silenciosas y estatuarias, acariciadas en todos los sentidos por el ímpetu vivo de la luz. 

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